Budismo, meditação e cultura de paz | Lama Padma Samten

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Budismo y cultura de paz

Su Santidad el Dalai Lama costumbra resumir la filosofía budista en una frase: “Haga el bien siempre que sea posible; si no puede hacer el bien, intente no hacer el malo”. Una de las especialidades del budismo es la noción de que el mundo que nos rodea es inseparable de nosotros mismos. 
Una de las especialidades del budismo es la noción de que el mundo que nos rodea es inseparable de nosotros mismos. Así hacemos lo bueno a los otros seres e al ambiente, estamos cuidando de nuestro propio bien. Si causamos mal a los otros e al ambiente, estamos causando mal a nosotros mismos. Todos están conectados unos a los otros, todos dependem unos de los otros.
El concepto de interdependencia budista también sostiene que nosotros – y todo lo que nos rodea – no tiene la solidez que consideramos posuir. Asignamos identidades y calidades a todos y todas las cosas (incluso nosotros mismos) partiendo de una visión limitada por un padrón binário de me gusta o no me gusta, el querer o no querer.
La palabra que designa los mundos que surgen inseparables de nuestras mentes es “mandala”. Mandala no sólo se refiere a un mundo material, sino a la experiencia de este mundo, al observador, a los límites cognitivos, a las energías de acción, a las emociones y al cuerpo.
Cada mandala surge inseparable de un tipo correspondiente de inteligencia viva y activa. Estas inteligencias son trascendentes, no personales, no corruptibles y libres de tiempo. Continuamente disponibles, pueden ser reconocidas y accesibles sin esfuerzo ni lucha en cualquier momento. La meta budista es salir de los mandalas limitados y llegar a los mandalas de sabiduría, libres del patrón de gustar y no gustar.
Todos los seres desean la felicidad y la protección contra el sufrimiento. Nuestros padres nos enseñan habilidades para acercarnos a la felicidad y protegernos a nosotros mismos. Nuestros padres, profesores y maestros también nos enseñan la disciplina y, por tanto, el aumento de nuestra capacidad de alcanzar objetivos difíciles, atravesar ambientes perturbadores y entornos exigentes y resistir la adversidad momentánea en la búsqueda de mayores logros.
El budismo nos enseña la capacidad de reconocer mundos puros e inteligencias puras, de manera que, instalados en la experiencia de estos ambientes puros, las acciones positivas sean naturalmente realizadas, sin esfuerzo y sin contradicción. Estos mundos puros son los mandalas de la sabiduría.
Cuando nos insertamos en un mandala de  sabiduría, adquirimos las condiciones para realmente hacer lo que es mejor para nosotros, para los otros, para la humanidad y para el medio ambiente. Somos capaces de vivir el amor y la compasión con alegría y ecuanimidad, sin dejarnos abatir por las dificultades que aparezcan. El mundo a nuestro alrededor continúa siendo el mismo, pero cambiamos nuestra mirada, y esto cambia todo. Cuanto más puro y más extenso es el mandala, mayor es nuestra libertad y nuestra capacidad de generar el bien. Además de la inserción personal en mandalas de sabiduría, nosotros, como agentes de la cultura de paz, vamos a trabajar para que otros también hagan lo mismo, puedan migrar hacia mandalas más amplios.

Sintonía entre visión y acción

La noción de mandala viene de la comprensión de que construimos las realidades que nos circundan, y que cuando construimos las realidad nos construimos junto con ellas. Vemos que se trata de un proceso inseparable, co-emergente.
Al construir mundos favorables y manifestaciones de sabiduría, nuestra acción positiva se torna natural, desobstruida, compasiva y amorosa. A partir de esto, el camino espiritual focalizado en el control de las acciones de cuerpo, habla y mente es sustituido por la comprensión que debemos observar y dirigir la forma en que nos hemos construido junto con los mundos. Construyendo el mundo a partir de la lucidez tendremos el cuerpo, el habla y la mente lúcidos.
Si construimos el mundo a partir de la ignorancia, los impulsos de cuerpo, habla y mente surgirán de esta visión de mundo equivocada que hemos desarrollado. Podemos oír las palabras de los maestros espirituales e intentar seguir sus consejos sobre cómo usar el cuerpo, el habla y la mente, pero todo va a parecer muy artificial. Esto es así porque la sabiduría natural que estaremos utilizando va a brotar de la comprensión que tenemos del mundo. De la comprensión equivocada de mundo no brotan más que impulsos equivocados.
Aun sabiendo que los maestros están en lo correcto, si no desarrollamos la visión de los maestros, nuestra acción será contradictoria y no veremos una solución, nunca tendremos descanso, estaremos siempre en conflicto interno, nunca tendremos un comportamiento no-represivo. Estaremos siempre haciendo esfuerzos para seguir los consejos de los maestros.
El aspecto del esfuerzo es dramático. De tanto esforzarnos, un día nos cansamos, y cuando llegamos a ese punto, la caída es rápida y decimos: “Desisto. Si la espiritualidad fuese natural, yo andaría de forma naturalmente lúcida y válida. Sin embargo, todo esto me parece artificial.” Parece artificial, porque necesitamos un esfuerzo constante, nunca encontramos un punto de equilibrio, necesitamos recordar constantemente lo que hemos oído. De tanto esfuerzo, terminamos desistiendo.
Equivocadamente, podemos creer que la realidad convencional es muy poderosa, muy amplia. Podemos pensar que, aun construyendo una realidad más elevada, lo que en verdad existe es la realidad convencional de dificultades y sufrimiento. Terminamos desistiendo de intentar mejorarnos a nosotros mismos y al mundo.
El camino de tratar de alterar el comportamiento puede ser muy doloroso, muy lento y, sobre todo, con resultados inciertos. Si la persona altera el comportamiento, sin alterar la visión, es cierto que más adelante caerá de nuevo. El aspecto cíclico es un proceso natural de la vida, a través de altibajos. Sólo desde los mandalas de sabiduría tendremos efectivamente la visión que permite la acción sin esfuerzo. La visión surge sin esfuerzo, porque dentro de un mandala de sabiduría, no luchamos contra nosotros mismos, sino que vemos y actuamos naturalmente. El camino espiritual se manifiesta sin conflictos internos.
Al comenzar por el entrenamiento y por un encuadre de reglas, compromisos y acciones surgen la represión interna y disciplina externa. El conflicto se hace inevitable, y el esfuerzo será incesante, desgastador. Tenemos acciones coherentes con nuestra visión. Si fuésemos entrenados para acciones que no están armonizadas con nuestra visión de mundo, estas acciones no tendrán fuerza.
Pude ver niños que aprenden a tocar el violín en instituciones para menores infractores. Aprender música es maravilloso. Pero cuando los niños salen de la institución, el violín se les torna inútil. Muy a menudo ellos retoman la visión que los llevó a la práctica las acciones que los condujo a la institución. Incluso tocando violín, las visiones que tienen del mundo, de la familia y del barrio no cambiaron. Dentro de su realidad, dentro de su forma de ver el mundo, dentro de su limitado mandala, vender drogas tiene naturalmente mucho más sentido que tocar el violín.
Por lo tanto, es esencial generar una visión de mundo para que las acciones surjan de forma natural, sin esfuerzo y sin contradicciones. Las visiones de mundo que se pueden generar individual y socialmente, potencian las acciones.

Todos en el mismo mandala

Somos inseparables de los mandalas en que vivimos. Es posible que ni siquiera sepamos en qué mandala vivimos, pero todos vivimos dentro de un mandala. Aunque todos estamos en el mismo lugar, en cierto modo no lo estamos. Cada uno ve su experiencia de una cierta manera. En el budismo, se clasifica la experiencia de la realidad en seis reinos – reino de los dioses, semidioses, humanos, animales, seres hambrientos y seres de los infiernos. En apariencia, todos cohabitan las mismas regiones. Sin embargo, en el aspecto sutil, cada uno vive en un lugar.
¿Y dónde viven los budas que andan por el mundo? Viven en tatagatagarba, el mandala de los tatagatas. Tatagatas son los budas que andan en el mundo. El tatagata camina por los mismos lugares que los seres de los seis reinos, pero ve lo que los demás no logran ver: la natural perfección de todo. Los tatagatas tienen una visión pura del mundo. Esta es la experiencia del tatagatagarba. Y esta es la diferencia entre cualquier ser de los seis reinos y un buda. El buda vive en el tatagatagarba, y los demás seres viven en sus ámbitos particulares.
Los budas son aquellos que entran en el mandala de la lucidez. Y, en el Mandala de la Perfección de la Sabiduría, de la lucidez, los budas ven todos los seres con la naturaleza de buda, con la naturaleza libre. Cuando los budas ven de esta manera, es como si todos los seres estuviesen en el mundo de la perfección, manifestando las cualidades de la naturaleza última. ¡Y están! Esta es la visión de los budas, y es por eso que son budas.
Cuando los budas entran en el tatagatagarba, no entran individualmente; ellos y todos los seres entran en el mismo instante. Para entrar en el tatagatagarba, los budas necesitan reconocer que todos los seres tienen la naturaleza de buda. Esta es una experiencia maravillosa, extraordinaria. ¡No es posible entrar solo, nadie alcanza la iluminación solo!
Cuando un buda alcanza la iluminación, desarrolla la visión pura que permite que todos los seres sean vistos como budas al mismo tiempo. Si alguien afirmase que alcanzó la iluminación, pero dejó seres del lado de afuera porque no podían  o no merecían  entrar, algo está mal. Los budas miran todo a partir del Mandala de la Perfección de la Sabiduría, de donde reconocen a todos los seres viviendo más allá de la vida y la muerte. Es un espacio más allá del espacio y del tiempo.
Cuando no tenemos una visión amplia, cuando nuestra visión es parcial, creemos que sólo algunos tienen la naturaleza de buda, que apenas algunos son budas. Esto es una falla de nuestra visión, una limitación. Si la visión se ampliase un poco más, veremos que los otros seres serán incluidos en la lista. Cuanto más amplia fuese nuestra visión, mayor será nuestra lista. La inclusión es, por lo tanto, es la referencia que demarca nuestro progreso. En el momento en que incluimos al otro, él está con nosotros en el mandala. Del mismo modo, en el momento en que lo excluimos, sin darnos cuenta salimos también del mandala.
Si alguien estuviese afuera, es porque nosotros todavía tampoco entramos. Así, vemos que la imposibilidad del otro de estar en el mandala es, en la práctica, nuestra propia exclusión. Nuestra exclusión y la exclusión del otro son la misma cosa. Al creer que ciertas personas están dentro del mandala y otras no, estamos dando preferencia a alguien. Dar preferencia es excluir. Exclusión y preferencia son la misma cosa. La imposibilidad de ver la naturaleza de buda en el otro es la imposibilidad de manifestar las cualidades de un buda. Esto es la comprensión de la unidad, la inseparatividad del mandala.
Al contemplar nuestras dificultades, es importante tener paciencia. No podemos cobrarnos más de lo que podemos ofrecer – este es un recordatorio de que debemos tener mucho cuidado. Tenemos dificultades. Mientras no consigamos mirar a nuestras dificultades y liberarlas, seguiremos con éstas.
Liberamos las fijaciones cuando superamos el mandala particular por la experiencia de la libertad más amplia de construir otros mandalas. Al entrar en un mandala más amplio, miramos los mandalas particulares y la realidad convencional como construcciones menores que no nos sentimos más obligados a habitar.
Tomemos como ejemplo una persona que hincha por un cuadro de fútbol. Aún no reconociéndolo, esta persona no está presa por el cuadro. Por más que esté involucrada en el proceso, tiene la libertad de hinchar por otro cuadro, o por todos al mismo tiempo. Esto es libertad en medio de la forma.
No nos liberamos porque nos volvemos en contra de lo que hacíamos, sino porque miramos desde una posición más amplia y reconocemos que tenemos libertad de acción. Este es el punto: nos liberamos porque nuestro mandala se amplía, nuestra visión se hace más amplia.
Si pudiésemos mirar nuestras dificultades con lucidez, también podremos hacerlo con las dificultades de los otros seres. La mirada lúcida ante las dificultades de los otros seres es la mirada de Chenrezig, el Buda de la Compasión. Con la mirada de Chenrezig, perdonamos más allá del perdón y el no-perdón. Se trata de un perdón que cura todas las manifestaciones de amargura y resentimiento. No existe más la visión de oposición, culpa o penalidad en relación al otro.
Desde la perspectiva del mandala, no nos empeñamos en cambiar nuestro comportamiento, no es ese el método de avanzar. La idea es cambiar el mandala, porque cuando hemos cambiamos el mandala, como consecuencia cambiamos el comportamiento, pero sin esfuerzo. Si hacemos lo contrario, si tratamos de cambiar el comportamiento, sin cambiar el mandala, el resultado es equivocado, torpe, artificial.
Al avanzar hacia mandalas más amplios, morimos a cada paso. Morimos en las limitaciones y renacemos de forma más amplia. En términos prácticos, vamos a percibir o hasta incluso entrenar esa ampliación de nuestra forma de existencia en el mundo por etapas. No logramos hacerlo de un salto.
Como entrenamiento podemos comenzar, por ejemplo, con las cuatro cualidades inconmensurables – compasión, amor, alegría y ecuanimidad. Entrenamos una visión en la que las cuatro cualidades inconmensurables sean algo natural. Contemplamos entonces el mandala común, o sea, la visión convencional del mundo, en la cual la compasión, el amor, la alegría y la ecuanimidad no parecen posibles. Cambiamos de mandala y pasamos a mirar las mismas cosas sin cambiar nada, sin sacar nada del lugar. Cambiamos  los ojos y el mandala, y así es que comenzamos a entrenar. Nos preguntamos: “¿Es posible la compasión, el amor, la alegría y la ecuanimidad”. Y vemos que es posible – se volvió posible.
Tenemos tendencia a creer que son nuestros esfuerzos los que hacen las transformaciones, pero en el abordaje del mandala el esfuerzo se da solo en el cambio de mandala, y no propiamente en el cambio de acción. Los esfuerzos para cambiar de acción nunca resultan en algo realmente estable. El gran mandala permite la manifestación natural, física, de todas las cualidades positivas y de la sustentación de éstas sin esfuerzo.
En la realidad convencional, nuestra energía se mueve a partir del gustar y no gustar, acercándonos a lo que nos gusta y alejándonos de lo que no nos gusta. Nuestra inteligencia, nuestra visión es binaria. Sentimos atracción o repulsión por las experiencias. Dentro de la visión binaria, existe el hedonismo: “Quiero lo que es bueno y listo. Es muy sencillo, yo ya sé lo que quiero de la vida: ¡lo que es bueno!”.
El hedonismo no produce ningún resultado estable. Al buscar lo que simplemente nos parece positivo, estamos perdiendo el tiempo. Tan pronto como nos encontramos con cosas positivas, éstas empiezan a cambiar. Lo que en principio nos parecía positivo con el pasar del tiempo se convierte en negativo.
Por ejemplo, una persona comienza a hinchar por un cuadro de fútbol al que le está yendo muy bien, ganando los campeonatos. Esto, naturalmente, le deja muy feliz, pero entonces aquello gira y el equipo pierde. La persona pasa a sufrir por la misma razón que antes le traía alegría: hinchar por aquel cuadro. Lo mismo sucede con las relaciones, los empleos y todas las decisiones que tomamos en la vida.
En general, hacemos una opción hedonista, lo que no significa que obtenemos una felicidad hedonista o que sea pecaminosa. Creemos que todo lo que está prohibido y pecaminoso debe esconder un sabor realmente fantástico. Así, nos lanzamos en aquella dirección, como si fuésemos a encontrar algo extraordinario allí. Pero no hay nada, no encontramos la felicidad.
El hedonismo es un engaño. Sin embargo, no hay necesidad de ponernos en contra del hedonismo. Lo que necesitamos es apenas mirar todo de forma más amplia. Cuando logramos avistar el mandala y ver esos puntos de referencia que utilizamos de forma no-lúcida, percibimos que no estamos yendo a ninguna parte. Nuestro objetivo es la felicidad, pero el hedonismo no es un buen camino. A partir de esta comprensión, intentamos un camino gradual que nos conduzca al mandala. Este camino es una visión más elevada. Vamos ampliando nuestra visión, y por eso avanzamos. Mirando desde la perspectiva del mandala, nuestra objetivo es tener un nacimiento dentro de las visiones más elevadas, así como dar nacimiento a otros dentro de esas  mismas visiones. Este es el mandala.

Mandala de la Cultura de Paz

En nuestra acción en el mundo, nuestro objetivo mayor no será el individuo, sino la sociedad. En lugar de nacimientos individuales dentro del Mandala de la Cultura de Paz, trabajaremos para dar nacimiento a grupos en el Mandala. El proceso social es más importante que el individual. Cuando la cultura de paz se establece socialmente, o sea un número significativo de personas se relaciona, establece un lenguaje y crea una visión, esa visión es la generadora natural de varias acciones positivas. Surgen las iniciativas prácticas, proyectos, construcciones, capacitaciones, etc. La energía positiva está presente y da vida a todo.
A partir del mandala, el trabajo social deja de ser una forma de capacitación en habilidades prácticas. Se vuelve un proceso en el que el eje, el hilo, la referencia básica es que el otro nazca a visiones más elevadas, y naturalmente, en algún momento, a las visiones de la perfección de la sabiduría. El objetivo es que las diversas etapas sean un trayecto en esa dirección.
La formación para crea habilidades para la generación de renta es importante, pero la motivación debería ser elevada, y no apenas la de acceder con mayor intensidad a un proceso hedonista. Si la gente generase renta dentro de un proceso de lucidez, perfecto. La renta puede ser muy útil. Pero tomar la generación de renta como un objetivo en sí es un engaño. Apenas mantiene el proceso hedonista actual que nos coloca en dependencia de las situaciones externas, que nos limita a percibir el mundo a través de las sensaciones de gustar y no gustar, a merced de las configuraciones fluctuantes, inciertas y frustrantes del mundo.
Es natural que, a partir de la visión hedonista, busquemos poder, entre éstos el poder económico. La formulación teórica del hedonismo converge con la visión económica de la realidad. Todo se resume a la economía. Con recursos económicos, podemos disponer de muchas personas que atiendan nuestros deseos, contratamos personas para que manipulen las apariencias por nosotros.
Incluso, algunos abordajes de la cultura de paz pueden ser limitadas a proyectos de generación de renta, medios económicos para manipular la realidad externa. La gente imagina que teniendo dinero conseguirá paz y felicidad. Se trata de un malentendido.
Para producir la paz, es necesario ampliar la visión, alcanzar el mandala, abandonar las visiones menores. Necesitamos mirar a la gente y decir: “Sí, ella puede estar dentro del mandala”. Mirar a nuestros hijos y decir: “El está en el mandala”. Pero esto no es muy fácil. Cuando miramos a nuestros hijos, en la cultura en la que estamos, pensamos: “Necesita ser un ingeniero, un profesional competente en algún área, para ganar dinero. Sólo entonces será feliz.” Incluso con nuestros hijos no logramos tener una visión de mandala, tampoco con nosotros mismos.
A menudo, nuestra práctica espiritual está ligada a la visión económica: “Para tener éxito económico, necesito tener estabilidad. Así tendré condiciones para competir mejor, escalar posiciones y ganar más dinero.” Con esta motivación no meditamos para alcanzar la liberación sino para estar más lúcidos, más saludables, para lograr los resultado comunes del mundo. Esta es la pérdida de la visión del mandala. No llegaremos a ningún lugar con eso.
La visión del mandala es esencial. Sin la visión correcta, la misma noción de cultura de paz pierde el sentido y deja de ser una solución. A partir de la noción de mandala tenemos un idioma para trabajar en forma integrada, sin necesidad de aislarnos del mundo. Surge un camino gradual, un hilo que se constituye como profunda referencia para las acciones aparentemente externas en el mundo.

Nueva inteligencia en la gestión y acción en el mundo

La visión es esencial para la gestión, así que necesitamos una nueva inteligencia. Las dificultades con que nos enfrentamos hoy en día vienen del hecho de que la formación de los gestores les lleva a una inadecuada visión de la realidad. Les lleva a una circunstancia en la que los obstáculos y las señales no son auspiciosas y se multiplican en todas las áreas.
La economía y la gestión evidentemente actúan dentro de un ambiente sutil volátil y no en un mundo fijo y matemático. Es un mundo en el que los sentimientos, emociones, impulsos, sueños y miedos tienen el poder de crear realidades y definir las acciones a ser tomadas. Hoy en día se percibe la importancia de traer a los gestores a un abordaje más amplio donde se pueda comprender mejor los factores imponderables que insisten en fluctuar ante los ojos, afectando planes y sueños aparentemente tan bien estructurados.
Niels Bohr, Premio Nobel de Física, que formuló el abordaje filosófico de la física cuántica, la teoría de la complementariedad, enfrentó dificultades similares en la física del mundo microscópico, donde el comportamiento de la materia parecía demasiado extraño e imprevisible. Le debemos a él especialmente la reintroducción de la importancia del papel del observador en la constitución de la realidad, que parece algo externo al observador. Niels Bohr evidenció de modo académico que la no inclusión de la influencia del observador en lo que parece ser un mundo externo desconsideraba una variable del problema, y esto producía ambigüedades en la comprensión de los universos de estudio considerado.
En un lenguaje budista, las cosas siempre se definen en el nivel sutil, construimos mundos que parecen externos y nos quedamos presos en ellos. Su Santidad el Dalai Lama, Premio Nobel de la Paz de 1989, dice que la mente es libre y luminosa, puede soñar cosas positivas y negativas. Cuando crea lo que es positivo, esto resulta en felicidad y equilibrio, cuando crea negatividades, esto resulta en sufrimientos y dificultades.
William James, así como Ludwig Wittgenstein, desde el final del siglo XIX, ya señalaba de modo minucioso la importancia de la comprensión del papel del observador en el tratamiento de la realidad. En esencia, nuestra visión queda limitada al espacio abstracto de las posibilidades que soñamos. La realidad como la soñamos – se trata de un sueño que vemos incluso cuando despiertos – delimita las posibilidades de lo que puede ser visto y de lo que no será visto.
Estamos presos a los mundos, las referencias, las opciones y los sueños que construimos. Comprendiendo el poder decisivo de este elemento, no somos más víctimas de las realidades externas, pero entendemos que tenemos el recurso de soñar mundos más positivos. Cuando entendemos esto, nuevas palabras cobran sentido: inseparatividad, coemergencia, impermanencia, sufrimiento, sustentabilidad, complejidad, complementariedad, mandala.
Esta complejidad permite acciones eficientes que consideran las variables verdaderamente presentes. La solidez de la realidad viene de adentro de los sueños, de esta región sutil surge la referencia de nuestras acciones y no de una aparente realidad rígida y externa. Somos desafiados a soñar en la dirección correcta. Es el ejercicio de una libertad para la cual tal vez nunca hayamos sido formados por el sistema educativo, no importa durante cuántos años lo hayamos recorrido.
De Su Santidad el Dalai Lama viene el consejo del sentido común: nuestras acciones deberían tener por objetivo causar felicidad y no causar sufrimiento. Es simple en la forma, profundamente desafiador en la acción. Es esencial como motivación básica, como eje para todas nuestras acciones.
Es evidente que la acción de los científicos debería dar por resultado felicidad y no sufrimiento, así como las acciones de los administradores, economistas, ingenieros, médicos, políticos, productores rurales, maestros, padres y madres. Esto es apenas sentido común. En la visión budista, nuestra existencia en el mundo se da a través de procesos de relación, por lo que nuestras acciones deberían tener como meta producir mejores relaciones con nosotros mismos, con los otros, con las autoridades locales y con la naturaleza. Es evidente que relaciones negativas con nosotros mismos, con los otros, con las autoridades y con la naturaleza causarán problemas.
En este punto hay un componente adicional mágico de la realidad: observamos que, al actuar de acuerdo con estos puntos de referencia, surge en nosotros la experiencia de una energía natural y positiva, y también de felicidad. Observamos que si esta referencia no está presente, aunque estemos brillando en medio de victorias y desafíos, no hay felicidad y nuestra energía fluye con esfuerzo. En ausencia de una motivación positiva, nuestra vida parece carecer de sentido y, eventualmente, da la sensación de una pesada carga.
La falta de referencias positivas está en la raíz de los desequilibrios sociales e individuales que se han manifestado como una epidemia. Vivimos un nuevo gulag. Una cultura nos impone sentidos y significados aparentemente fijos, externos, reales, pero las consecuencias negativas en la forma de desequilibrios son diagnosticadas como fragilidades individuales. Por lo tanto, las víctimas de los puntos de referencia de esta cultura son castigadas por su comportamiento y, cuando agotadas, son tratadas individualmente como enfermos físicos y mentales. Cuestiones amplias se reducen a cuestiones individuales. Como resultado no hay progreso en la represión a las agresiones a nosotros, a los otros, a los líderes locales y a la naturaleza, ni con respecto al equilibrio interno y a la felicidad.
En la perspectiva budista, necesitamos avanzar hacia una visión que abarque todos los componentes de la realidad. Al asumir los recursos de la visión más amplia, nuestras acciones se vuelven naturalmente positivas, sin la necesidad de reglas y represión. Además, surge progresiva tranquilidad y felicidad, y reconocemos la preciosidad de la vida humana que tenemos. Surge la experiencia del mandala de la lucidez.
El mandala es lo que necesitamos desde siempre, individual y colectivamente. Nuestras necesidad puede ser resumida en una palabra: lucidez. En este punto la gestión de la visión, de la acción económica y de la acción en el mundo se tornan naturalmente positivas y sin esfuerzo, y comprendemos el sentido de la expresión nueva inteligencia.
Traducción del enlace: http://www.cebb.org.br/budismo-e-cultura-de-paz/

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